Raíces. 

Recuerdo a mi madre repitiéndome que siempre andaba sin saber a dónde iba, que hacía largo el camino más corto por no pensar antes de dar el primer paso. Cómo si a mí en algún momento me hubiese importado el cuándo.
Lo que ella veía duda yo lo convertía en certeza, y es que quizá ella me llamaba despistada cuando en realidad quería decir que mi cabeza siempre estaba en algún lugar lejano, y nunca se equivocó. No por ello desatendía el camino, pero siempre descubría algo nuevo a pesar de andarlo cada día. 

Quizá me llamaba descuidada cuando en realidad quería decir que a veces también es necesario dejar de mirar al cielo y prestar más atención al suelo. 

De ahí que piense que aprendí a volar antes que andar. 

Imagino que nunca entenderé tan bien la tierra si la comparo con cualquier otro elemento. Y os prometo que la adoro, pero centrarse en ella es obviar un universo. 

A fin de cuentas es la única que levanta muros y los llama fronteras, por la que nos han hecho creer que estamos limitados, y yo sé que no es tu culpa, pero nunca creí en los finales, ni sentí la pertenencia a ningún lugar concreto. 

Donde todo empieza y todo acaba. 

Brota vida y sepulta memoria; siempre buen lugar perderse. 

Testigo ciego de batallas en tu nombre, nadie entiende tus verdaderas raíces. 

Sin ser de nadie todos quieren poseerte, y hoy recuerdo a mí madre repitiéndome: la posesión siempre acaba en destrucción. 

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