Avui, demà i sempre.

Son tus ojos cansados los que me enseñan que el tiempo a veces pesa demasiado.

Los surcos que te dibujan las emociones en tu piel gastada tienen tanta vida todavía como historias que nunca me cansaré de escuchar.

Imagino que es la risa acumulada en las líneas que rodean tu mirada lo que te hace tan valiente. Nunca unas manos tan pequeñas habían sujetado tantas vidas, y a ti todavía te extraña que cada día aguanten menos peso. Es que ya no existe el peso porque tú nos enseñaste a repartirlo.

Y aun así cómo me cuidan.

Éramos muy niños para entender que los trucos que nos hacías con ellas hoy se han convertido en magia. Como tus cosquillas que terminan arañándonos el alma, y dejándonos las cicatrices más bonitas que vamos a sentir nunca.

Al final lo que cuenta es la vida que guardan tus años, capaces de llorar con nuestras lágrimas y de reír con nuestra felicidad más que con la tuya propia, esa que dejaste a un lado tantas veces por nosotros.

No tenemos vidas suficientes para saldar esta deuda tan grande.

Estoy bien, nos dices esbozando tu media sonrisa, como si por eso dejásemos de sentir tu dolor.

Y nosotros, contestamos, porque aún así eres capaz de olvidarte de ti.

Déjanos demostrarte todo lo que nos has enseñado.

Tú que todo lo cuidas, todo lo curas y nada esperas; es nuestro turno.

Ojalá algún día puedas entender que gracias a la vida que te falta, hoy respiramos nosotros.

Infinitamente gracias.

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